13 de abril de 2014

Otro hombre que olvidó su nombre



Sólo hay una regla:"yo te quiero, yo te hiero".
Recuerdas cosas que jamás pasaron y sonríes precisamente por eso: porque llorar es lo que la gente normal hace y, ¿para qué engañarnos? tú no eres como el resto.
Esta es la historia del mito de los dos jóvenes que se querían y, de la mañana a la noche (no al revés), acabaron odiándose o, al menos, dejaron de sentirse.
Esta es la fábula de dos almas que nunca perdían el tiempo estando juntos, sólo lo ganaban. 
Creyeron que vencerían una batalla en la que estaban destinados a ser derrotados. Ellos, ciegos de cordura cada noche y de locura cada día; hartos de recuerdos que no existen y promesas que se rompen y funden con el aire nada más ser pronunciadas; hartos de amores de ciudad con fecha de caducidad.
Porque, anoche, cuando él le pidió a su corazón alguna razón o, al menos, un cambio de estación, éste latió más rápido de lo normal y recordó esa maldita regla, esa que es única e irrepetible... pero, al parecer, también insuficiente: Yo te quiero, yo te hiero.
Y es que, paradójicamente, sólo aquellas personas que nos quieren pueden hacernos daño.