10 de septiembre de 2014

Nos encontraremos en el epílogo

Hemos llegado a un punto en que no sé si te necesito aquí o lejos de mí pero, si vienes, lo comprobamos antes de olvidarnos.


El amor y el olvido van de la mano.
El amor sucede, se queda un tiempo, que según los científicos viene a ser de entre dos semanas y tres años, y, después, se consume poco a poco. Es justo ahí, justo en el instante en el que decides que va a desaparecer, que ya no quieres que esté más contigo, en ese preciso momento, ahí, aparece el olvido. Su labor es fácil pero larga, pasará una gran temporada a tu lado, depende de cuánto te afectó realmente su inseparable compañero.
Al primero de ellos es difícil reconocerlo porque suele aparecer en las noches de verano, disfrazado de sonrisas tibias o de miradas que cuentan historias; sin embargo, en ocasiones, viene a ser el único medio para sanar las heridas de un corazón roto y dañado por recuerdos que nunca dejaron de cicatrizar. Un corazón herido por los daños colaterales del olvido.
Hemos llegado a un punto en que no sabemos si el amor cura el olvido o al revés. Quizá sea cierto eso que decía Neruda; quizá el amor dura demasiado poco y, el olvido, demasiado...
...a secas.


6 de septiembre de 2014

Las hadas no escriben


No sé cómo podéis seguir creyendo en cuentos de hadas cuando, es bien sabido, nadie les enseñó jamás a escribir. Sobra decir que el amor no es más que un invento de marketing que nos creemos demasiado bien y, los príncipes azules, sólo unos impresentables sapos disfrazados con sonrisas seductoras y miradas envenenadas. Pero no, nosotros somos tan incongruentes que seguimos creyendo en todo esto, en pequeños seres alados de rostros celestiales que reparten el amor con sus baritas mágicas, transforman calabazas en carrozas y crean vestidos pomposos junto a todos los animales del bosque. 
Nosotros, soñando despiertos, buscando la magia en lugar de crearla. Porque el secreto está ahí, en crear el momento, el instante; en adelantarnos al destino, al tiempo.
El secreto está en dejar de ser racionales y comenzar a sentir que estamos equivocados, en gritar a los cuatro vientos que creemos en las hadas para que, desde donde quiera que esté, Campanilla vuelva a brillar.