2 de noviembre de 2014

Cuando nuestros sentimientos ardan


Aquel cálido y pesado amanecer me dejé llevar por él. Permití que sin rozarme arañara mi corazón como si de un felino asustado se tratara.
Supongo que, pese a todo, en mi cuello aún hay una calle que lleva escrito su nombre en cada esquina, cuya dirección principal ha de coincidir con la del número de besos que no nos dimos, o con el de las promesas que el viento, queriendo jugar a ser un niño caprichoso, se llevó consigo para no devolver jamás a sus legítimos dueños.
¿A veces, o a besos?, pregunté. A versos, sonrió. Porque no exagero si confieso que era tan impredecible como la chistera de un mago: a simple vista, parece vacía. Bonita, pero vacía al fin y al cabo; no obstante, una vez comienza el truco, se convierte en un maravilloso lugar repleto de objetos que nadie hubiese creído lograr hallar en un espacio tan reducido.
He de pensar que lo mismo sucedió con nuestros sentimientos, no fueron más que un truco, una ilusión, una paloma blanca que echó a volar lejos de nosotros sin que apenas reparásemos en que se nos escapaba de las manos.
No quiero creer que fui yo la culpable, que aquella ligera paloma murió un gélido anochecer porque no estuve ahí para ofrecerle unos brazos que la cobijasen del frío que nuestros corazones emanaban.