15 de enero de 2015

Invierno en tu corazón; infierno en tus labios

Y teñir de sangre el grito de los que aman sin poder amar...
 (Leiva)




Hay versos que pasean tan libremente por tu cabeza que acaban apresándote a ellos. Prometí que siempre nos quedaría París y, al final, únicamente conseguimos que su recuerdo nos quemara. Pese a todo, las cosas siguen siendo iguales y, ya ves, aún continúo viviendo a base de fríos desamores de verano, soñando con el otoñal día en el que Cupido venga a rescatarme de este mundo, aquí estoy, con mi coeur à prendre.
Es difícil mantener la esperanza cuando desconoces qué es eso que estás esperando.
Porque aún recuerdo cómo nos acabó incendiando París, o quizá fueron tus labios (no sé) pero, al final, acabamos ardiendo; y que te dirán que lo mío no fue más que un infierno, un infierno disfrazado de ese claro, acogedor y despejado cielo que tanto admiramos en su día. Pero, para qué mentir, eso no será, ni de lejos, lo peor, ¿sabes? Porque, si hay algo que pueda dolerme más, eso será, sin lugar a dudas, subir la mirada, tratar de levantar cabeza y percatarme de algo que en el fondo sé: ya ha anochecido.
Ahora solo quedan cenizas...

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