16 de enero de 2015

La soledad quiere bailar en compañía esta noche



El tiempo nos convirtió en aquello que, algún tiempo atrás, juramos y perjuramos no permitirnos ser jamás. Ahora la vida nos arrastra por callejones desiertos y oscuros, risas que riman con tu nombre, risas que, de vez en cuando, se permiten el delirio de espetar algún que otro verso de Neruda.
Ya no queda nada de lo que un día fuimos, los recuerdos se han esfumado del mismo modo en que lo hizo el humo de aquel cigarrillo que fumaste el día en que, sonriendo, aseguraste no volver a dejarme nunca. Pero te conocía, y sabía que romperías tu promesa alegando, como solo un cobarde lo haría, que ya yo me encargaría de hacer lo propio con el silencio.
Hay veces en las que no estoy segura de ser capaz de distinguir la realidad que empaña mi presente de la ficción que ha creado mi mente... y, en fin, a veces (que no a besos) es mejor así.
Es mejor engañarme, hacerme creer que aún hoy sería capaz de permitir a mil días pasar si me aseguraban que, en el mil y uno, volveríamos a vernos. Porque, al fin y al cabo, el amor es eso, ¿no? es tirarte a la piscina a ciegas desde lo más alto del trampolín, sin que nadie te asegure que saldrás ileso, arriesgarte a lo peor porque, si todo acaba bien, obtendrás la mejor de las recompensas.
Y, ya sabes, será increíble nadar juntos.

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